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Nuestra cárcel

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Prócoro Hernández Oropeza En esta vida hay de presos a presos. Unos, quienes están pagando una condena por algún delito que cometieron. Ellos viven en doble prisión, la de la cárcel física y la de su mente. Existe otro tipo de presos, podríamos decir, presos de conciencia, que somos la mayoría de la humanidad. Aunque no lo queramos reconocer somos prisioneros, vivimos como prisioneros, pensamos y actuamos como prisioneros. En la cárcel de la mente, se mueven muchos yoes que actúan, piensan y sienten por nosotros. Vivimos como ese hombre singular que había sido encarcelado. A través de un ventanuco enrejado que había en su celda gustaba de mirar al exterior. Todos los días se asomaba al ventanuco, y, cada vez que veía pasar a alguien al otro lado de las rejas, estallaba en sonoras e irrefrenables carcajadas. El guardián estaba realmente sorprendido. Un día ya no pudo por menos que preguntar al preso: --Oye, hombre, ¿a qué vienen todas esas risotadas día tras día? Y el preso con...

Entre Muertos y retornos

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Prócoro Hernández Oropeza En mi tierra, Tlaxcala, la celebración de los “Santos difuntos”, que no todos son santos, es muy interesante y expresiva. El día primero se esparcen flores desde el camino hasta el altar que se dispone a los “Santos Inocentes”, los que murieron a edad temprana. El altar, colocado en la sala principal, además de las fotos de los difuntos, lleva frutas, atole, tamales, calaveritas de azúcar, flores, el famoso pan de muertos, sin faltar el dulce de calabaza o camote. El incienso de copal impregna la sala con ese olor que nos remite a la muerte y a lo místico. Por lo regular cada familia tiene su horno para cocer su pan, especialmente para estos días de difuntos. Desde tres días antes, los familiares ya amigos se reúnen para encender el horno, preparar la masa y empezar a cocer los primeros panes. Son de dos tipos: de sal o de azúcar, a los primeros se les llama pambazos y a los segundos, hojaldras, adornadas con cuatro bolitas entrecruzadas por unos delgados ...

Las pruebas y las tentaciones

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Prócoro Hernández Oropeza En la vida nos enfrentamos a muchas pruebas o retos, otros le llaman adversidades, contratiempos, sufrimientos o desencuentros. La cuestión es que, dependiendo del estado de consciencia, unos las ven con alegría, optimismo, valentía, otros en sufrimiento. Unos sacan lecciones de esas pruebas, otros se quedan atorados en esos eventos y sufren tremendas rasgaduras del alma. En la Epístola Universal de Santiago afirma sobre estas pruebas lo siguiente: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Más tenga la paciencia su obra completa para que seáis perfectos sin que os falte cosa alguna.” Nos invita a tener sumo gozo, algo difícil para la mayoría de la personas. Si un ladrón le asalta, con justa razón puede afirmar: “Cómo me pides que goce el hecho de sufrir un asalto a punta de pistola. ¿Y el miedo y el coraje y lo que me quitó, acaso es motivo para gozar, reír o festejarlo...

Serenidad y dominio

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Prócoro Hernández Oropeza En esta dualidad en que vivimos es difícil desapegarnos de los halagos o de los improperios. Si alguien nos prodiga alabanzas, algo en nosotros se siente contento. Si al contrario, una persona fustiga contra mí, me ofende o me juzga, ese otro se enfurece. Si es halago el orgullo se ve robustecido; el ego de la vanidad necesita que le estén diciendo cosas bonitas, frases que le recuerden que es una persona valiosa, importante, capaz, triunfadora. Sin estos apapachos no puede vivir y se siente mal cuando ese ego percibe que no le reconocen su valía, sus talentos. Su autoestima depende de lo que otros se lo reafirmen. Lo mismo sucede cuando una persona nos ofende o cuestiona nuestra identidad de bueno, valioso, hermoso, inteligente. Aparece el ego de la vanidad, asociado con el ego de la ira y los dos se unen en mancuerna para fustigar o cuestionar o hasta golpear a quien le está ofendiendo o descalificando sus atributos. Confundimos nuestra verdadera identid...

El poder de la lectura

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Prócoro Hernández Oropeza El poeta José martí, a propósito de los que sí leen, describe contundentemente a este tipo de seres raros: “Tiene la palidez de los hombres que leen mucho.” Y seguramente como él fue un gran lector en otro verso se describió: “Yo debí nacer sobre una pila de libros”. Es indudable que los hombres trascendentes, lo son porque de alguna manera se ilustraron, es decir tuvieron contacto con los libros, el conocimiento, la sabiduría. También he afirmado que la acumulación de conocimiento no necesariamente nos hace sabios. Podemos leer muchos libros, contar con una gran biblioteca, la mejor biblioteca del mundo, lo cual no significa que sea un hombre ilustre. Un gran escritor lo es porque, además de leer, tuvo la intuición de seleccionar sus lecturas, sus autores más afines, incluso de acercarse a aquellos que no le apetecían tanto. Esas lecturas, el contacto con los libros, el mundo de las palabras, además de su intuición, le facilitaron el don de la palabra y l...

El recuerdo de sí

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Prócoro Hernández Oropeza Una de las condiciones básicas para el progreso espiritual es no olvidarse jamás, ni por un instante, de sí mismo. Hágase lo que se haga, siempre hay que estar en alerta, despierto, consciente. Pero resulta que no es tan fácil como lo deseáramos. En el menor descuido ya nos olvidamos de nosotros. De repente nos vemos envueltos en el remolino de pensamientos, ideas, eventos. Vamos por la calle y cuando menos ocurre ya me quedé prendido de aquella bella joven que camina coquetamente. ¿Quién se distrajo? El ego lascivo o de la lujuria se fascinó con esa escena. Este olvido de sí mismo es tan sutil que no nos damos cuenta. Debemos estar alertas de nuestros cinco sentidos, esas son las ventanas o las puertas por donde se introducen los pensamientos, sentimientos, gustos, apetencias, sugerencias, estados de ánimo y permean, en consecuencia, nuestra voluntad. Voy frente a una panadería y el ego goloso pide, exige un pan o un pastelillo. Vamos al supermercado por u...

Sabiduría contra necedad

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Prócoro Hernández Oropeza “El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona”. Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego. Existe una gran diferencia entre sabiduría y conocimiento. El segundo se aprende a través de lecturas, reflexiones teóricas, elaboración de marcos conceptuales, estructuras mentales, revisión de teorías y conceptos o simplemente acumulando información sobre diversas temáticas o sobre alguna en particular. En síntesis es un trabajo intelectual a nivel sólo mental o si acaso a nivel experimental pero con limitaciones o parcialidades que no permiten ver la totalidad del aspecto investigado o estudiado. En cambio la sabiduría es un conocimiento práctico, producto de las experiencias vividas por el practicante. Es la habilidad desarrollada a través de la experiencia, la iluminación, y la reflexión para discernir la verdad y el ejercicio del buen juicio. Ésta no se puede enseñar, se desarrolla a través de la experiencia, guiada por la intuición o el conocimiento inter...