El recuerdo de sí

Prócoro Hernández Oropeza

Una de las condiciones básicas para el progreso espiritual es no olvidarse jamás, ni por un instante, de sí mismo. Hágase lo que se haga, siempre hay que estar en alerta, despierto, consciente. Pero resulta que no es tan fácil como lo deseáramos. En el menor descuido ya nos olvidamos de nosotros. De repente nos vemos envueltos en el remolino de pensamientos, ideas, eventos. Vamos por la calle y cuando menos ocurre ya me quedé prendido de aquella bella joven que camina coquetamente. ¿Quién se distrajo? El ego lascivo o de la lujuria se fascinó con esa escena. Este olvido de sí mismo es tan sutil que no nos damos cuenta.
Debemos estar alertas de nuestros cinco sentidos, esas son las ventanas o las puertas por donde se introducen los pensamientos, sentimientos, gustos, apetencias, sugerencias, estados de ánimo y permean, en consecuencia, nuestra voluntad. Voy frente a una panadería y el ego goloso pide, exige un pan o un pastelillo. Vamos al supermercado por un litro de leche y frente a nosotros aparecen varias ofertas o hermosas prendas y cuando menos nos damos cuenta ya salimos con mercancía que no estaba contemplada en nuestro presupuesto.
Nuestro cuerpo es una máquina perfecta con sus cinco sentidos, necesarios para nuestra sobrevivencia en este planeta. El cuerpo, afirman los maestros, es un instrumento que se nos ha dado para la realización íntima del Ser, aunque tiene otro objetivo no menos importante, la consumación del karma. Pero su función principal es la auto realización íntima del Ser, por ello se considera un laboratorio maravilloso que debe ser cuidado.
La cuestión o la pregunta que todos se hacen es ¿cómo no olvidarse de sí mismos? ¿Cómo nos mantenemos despiertos, con la conciencia plena en el aquí y ahora, cuando nuestra mente no nos deja en paz? Solamente, afirma el maestro Samael Aun Weor, mediante la perfecta relación Conciencia-Cuerpo-Medio ambiente se puede lograr ese sabor maravilloso del espíritu; esa conducta auténtica del que jamás se olvida de sí mismo.
Sólo con la conciencia, el cuerpo y el medio ambiente exterior debidamente equilibrados podemos salir de esa fascinación en la que nos atoramos con los sentidos. La conciencia debe relacionarse por medio de los órganos del cuerpo. Estar en conciencia es permanecer en alerta constante ante nuestros pensamientos, emociones y acciones, salir de la mecanicidad en que estos nos tienen y cambiar hábitos. Si la conciencia no se relaciona inteligentemente con el cuerpo vienen las enfermedades; si no se relaciona con el medio ambiente, vienen los conflictos.
Supongamos que por cuestiones de salud se me ha prohibido tomar alcohol o refrescos. Me invitan a una fiesta donde circulan estas bebidas a raudales. Si no estoy consciente, en vigía y los amigos me invitan a tomar una y otra vez, incitado por la euforia y las bebidas, puedo caer en la fascinación y al menor descuido ya estoy borracho u olvidado de mí mismo.
Por eso dicen los maestros, quienes se olvidan de sí mismos marchan por el camino del error; cuando nos olvidamos de sí mismos frente a una persona del sexo opuesto terminamos fornicando o frente a un insultador, concluimos insultando a golpes. Por lo regular, la mayoría de nosotros andamos así, como robots, olvidados de nosotros mismos, con la conciencia dormida. Hagamos lo que hagamos, como dicen los textos védicos, debemos desapegarnos de los frutos de nuestras acciones, que sea el Ser, nuestro íntimo el hacedor, nosotros sólo haciendo su voluntad, no la del ego o nuestros demonios internos.

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